jueves, 12 de octubre de 2017

Confesión sorpresiva








Iba Matilde a la escuela, mientras caminaba por calles llenas de médano, en pleno corazón del llano, sin aguantar la tentación de detenerse de tramo en tramo, para recoger hicacos de arbustos frondosos. Cursaba el cuarto grado, la acompañaban sus dos hermanos. Era un pueblito rodeado de garzas blancas y corocoras, de lagunas encantadas como la de Las Mujeres, con patos silvestres nadando, entre tupidos follajes que le brindaban al paisaje, una belleza increíble.

Así transcurría su vida, entre estudios y juegos inocentes, donde ella era la mamá, Johnny el papá, y los otros hermanos, los hijos, tal vez copiando el patrón de su hogar y los oficios que realizaba su progenitora.
Tenían un rancho en el patio, donde cocinaban lo que se llevaban de la alacena. Allí compartían, se bañaban con una manguera introducida dentro de un pote al que le hacían huecos con un clavo para convertirla en la regadera, en fin, eran ¡tan felices!
Su padre era ecónomo en una compañía que construía carreteras y por eso viajaban y se mudaban mucho, cuestión que agradaba a Matilde y que forjó en ella un espíritu aventurero.
Cuando llegaba su tía Hilda, hacia su maleta y se iba con ella a Caracas. Allí estudiaba un grado de primaria y luego, otro en diferente población.

Así estuvieron, hasta que cursaba el sexto grado, cuando la mandaron a llamar urgente de la capital porque se iban para las tierras andinas de donde era su mamá. No sabía la causa de ese viaje tan repentino. Igual iba emocionada aunque con mucho susto porque la carretera era angosta con tantos precipicios que la obligaban acostarse en el piso de la camioneta.
Cuando llegaron de noche a la ciudad de Valera, empezaron a buscar la dirección de las hermanas de su mami. Al fin dieron con una de ellas llamada Altagracia y se alojaron esa noche mientras conseguían una vivienda para alquilar. El encuentro fue emocionante, duraban tantos años sin verse que sabe Dios cuántas cosas tenían por contarse, Se anexó la hermana Chinca y todo fue un jolgorio hasta el amanecer.
Matilde estaba asombrada por la forma como hablaban. Era un dialecto diferente al que estaban acostumbrados. Uno de los primos se cayó y vino la mayor a decirle Altagracia: -Mamá se cayó el chiche y se hizo un ¡chichote! A lo que la tía contestó: -¡Échele agüita! Matilde no aguantaba la risa, pero disimulaba.

Consiguieron una casa alquilada de alguien que formaba parte lejana de la familia. Era cómoda, espaciosa, sencilla, con un gran patio. Todo era alegría y sorpresas, encuentros, visitas, paseos, nuevas y gratas vivencias.
Las hermanas de Antonia, que así se llamaba su mamá, empezaron con la preguntadera y aconsejadera… y ¿Matilde no sabe aún la verdad?, tenías que habérselo dicho desde hace tiempo. ¡Ella tiene derecho a saberlo!

Tantas fue la insistencia, que un día David, su padre, la llamó y le dijo, siéntese aquí que vamos a conversar… Lo que quiero decirle es algo que hemos tenido en secreto y ya es hora de que lo sepa… Usted no es hija nuestra… y antes de captar el mensaje que escucharon sus oídos, éste prosiguió…un día gris y frío alguien dejó un canastito en nuestra puerta, y allí dentro, envuelta en unas mantas lloraba un pequeño retoño…no salimos de la sorpresa, pero rápidamente nos ocupamos de arroparla y alimentarla, pues de una hermosa niña se trataba, sin dudarlo la llamamos Matilde, a consejos del abuelo Frank, alemán de nacimiento, pues no explicó el significado del nombre propuesto, “guerrera y valiente”, y todos aprobamos su iniciativa; con el tiempo fuiste una más de la familia, todos te cuidamos, y el tiempo pasó…
Matilde, con los ojos cargados de lágrimas, alcanzó a balbucear… pero…no puede ser…entonces no soy de la familia…salió corriendo al patio se tiró al suelo y empezó a llorar como nunca, se sentía triste, asombrada, se preguntaba internamente tantas cosas, aunque nunca había notado diferencia alguna en relación al trato, más bien era consentida por ser la única hembra.

Las tías estaban satisfechas, en el fondo; las entusiasmaba el haber revuelto el avispero al descubrir un secreto guardado por tantos años, cuestión que no debe ocurrir porque los derechos del niño, se violan sin más intención que evitar una decepción. Lo aconsejable es ir diciendo la verdad desde la más tierna edad y se incurre en este error por el mismo amor que se siente hacia la criatura para la cual no se ha puesto reparo ni obstáculos para levantarla, formarla y educarla.

Así que entre las clases, el compartir con la familia, las nuevas amistades, colegio y maestra, se fue disipando la tristeza, todo se convirtió en la fuerza de costumbre por la sana, alegre y armónica convivencia en ese hogar tan feliz.



Y una tarde, Matilde junto con sus hermanos y primitos jugaba en la plaza del pueblo, era un día festivo, muchas familias con sus hijos colmaban el lugar, los vendedores ambulantes ofrecían, a toda voz, sus mercancías, para conseguir la atención de mayor cantidad de clientes.

Una señora sentada en uno de los bancos que rodeaban el predio de los juegos, observaba a los pequeños diablillos que correteaban, sus risas y gritos inundaban el ambiente de fiesta; sus ojos se centraban en una niña, ella la atraía en particular, sintió necesidad de acercarse, tocarla, hablarle, abrazarla y besarla; pero una fuerza interior se lo impedía, lagrimas brotaron de su ojos, un frío cubrió todo su cuerpo, aunque gozaba estar allí y verla, prefería esfumarse y desaparecer, no podía soportar el dolor, la impotencia.

Una pelota rodó y quedó trabada bajo el banco donde estaba, dos niñas corrieron y se acercaron para recogerla, una de ellas, la miró en los ojos y mientras se agachaba para recuperar la pelota, le dijo: ¿por qué llora, señora, se siente mal?-
Quiso responder, no obstante, las palabras agolpadas en su boca, no lograron salir, aquello era demasiado, se levantó, y a pasos acelerados se alejó de allí, perdiéndose en el público.

Matilde sosteniendo la pelota le dice a su amiga Juanita, -¿Le viste la cara a esa señora, estaba triste, lloraba, pobrecita, quién sabe por qué?, bueno… vamos a seguir con el juego, todos nos esperan.

Todo esto demuestra que las acciones indebidas se pagan con el castigo del cargo de conciencia, los sentimientos de culpa, la intranquilidad emocional y que el verdadero padre es el que cría, no solamente, el que engendra.





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Autores
Trina Mercedes Leé Montilla Hidalgo (Venezuela)
Beto Brom (Israel)

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*Registrado/Safecreative

*Imagen de la Web con texto anexado

*Música de fondo: de la Web



jueves, 28 de septiembre de 2017

Enhebrando almas





A modo de presentación....

Corre la tarde veloz, poniendo tintes de luz e impregnando de diversos aromas y sonidos al paisaje.

Corre otoño, en un lugar del planeta.

Mira con insistencia las agujas movidas por kronos, ansiosa espera la hora señalada, a la vez que pregunta ¿Tendré suerte? ¿Podré? ...La brisa le responde:

-Espera...aprende a esperar...

Lejos en el tiempo, pero cerca en el pensamiento, Felipillo estaba inquieto, no podía concentrarse en una sola idea, la naturaleza revoloteaba a su alrededor, todo pareciera anunciar la llegada, inesperada, de una noticia que lo alegraría, debería esperar, pero… ¿Cuánto?

Hondonada abajo, ella suspiraba ansiosa…parecía que el tiempo se detenía he imposibilitaba los hechos…Se desplazaba aparentemente sin rumbo, pero era lo que correspondía a su naturaleza fluida y estética;… ¿Hoy sería?.

Ahhhhh ¡¡¡ojalá!!!

No quiso aguardar…la impaciencia, propia de su estilo de vida, lo incitó a dar el primer paso, adelantando el encuentro con la acreedora de sus señales…su ser bullía de entusiasmo…aceleró sus pensamientos…vibraciones elevaron a la enésima potencia las ondas irradiadas…en realidad todo su ser, completo y contundente fue quien salió a la búsqueda…

Tomó el sendero, que estaba festoneado de dedalitos o deditos de hadas, esplendidos en un naranja vibrante y aromático. Se dejó llevar por el murmullo del arroyo cercano y ya convencido, trazó una figura en el aire…

Este acontecimiento no pasó desapercibido por ella, en el otro extremo y resuelta emprendió el camino del encuentro. Le costaba un poco, porque su corazón hablaba en latidos verbales, pero su voz no era escuchada…pero sospechaba que pronto…muy pronto seria escuchada…

Felipillo no dejaba de captar señales…quizás vibraciones de un alma cercana… ¿Acaso eres tú, mi compañera de aventuras?, anhelo reencontrarnos, y así volver a deleitarme con tu cercana presencia…desde lo más profundo de su corazón comenzaron olas de cariño que lentamente coparon todo su cuerpo.

Y así, como envuelta en una nube de algodón la percibió…no era espejismo…no estaba en un sueño, era ella…

El infinito tendió su red abriendo senderos en el éter….fulminó obstáculos…sembró tintes que sabían a mieles….las aves desplegaron sus alas en vuelo de libre juego…


…y ella respondió acariciando la brisa…jugando con las nubes, recibiendo con ternura cada gota de lluvia.

Y vibrando desde su esencia….se elevó junto a las mariposas azules, que en ese momento se anunciaban a la vida.

Suaves acordes de una orquesta lejana, acortaban distancias, la melodía impregnaba cual rocío, el predio acordado para recibir el encuentro de aquellas almas que anhelaban consolidar sus sentimientos. Nada impediría lo previsto.

El perfume se hizo más corpóreo, la brisa más ondulante y las aguas se agitaron en suave murmullo…


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María de los Ángeles Roccato (Argentina)

Beto Brom (Israel)



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*Registrado/Safecreative N°1709173533139

*Imagen de la Web c/texto anexado

*Música de fondo: MOZART, concierto 20 /Romance Gulda





lunes, 28 de agosto de 2017

Viaje de egresados





Primera parte

Camila se hallaba sentada frente al ordenador, tenía un anotador y una lapicera a un costado del mismo. Sus ágiles dedos habían escrito en el buscador TURISMO ESTUDIANTIL y aguardaba con ansiedad que el circulito celeste dejara de girar para que se abriera la página mostrando las distintas opciones.
Cursaba el cuarto año en un colegio mixto y ya era tiempo de ocuparse de elegir la compañía de turismo responsable de dar cumplimiento a su sueño, el de emprender junto con sus compañeros el viaje de egresados.
Tomó nota de los datos de cada una y de sus correspondientes servicios, luego los cotejaría con los recogidos por sus compañeros en otras fuentes.
En algún otro lugar Ernesto tomaba mate en compañía de su mujer, era su único día franco. Se desempeñaba como chofer de larga distancia y, si bien contaba con un buen ingreso, había que mantener a una familia numerosa, por lo que su presupuesto no alcanzaba para cubrir más allá de lo esencial.
No estaba de acuerdo con la política llevada a cabo por los dueños de la empresa donde trabajaba, pero no le quedaba otra alternativa que acatarla, pues ya se había presentado a dejar su currículum en todas las de la competencia y éstas se rehusaron a contratarlo, porque en los análisis previos había salido a la luz su úlcera gastroduodenal. En cambio, la compañía que lo empleó no le pidió realizar ningún examen médico.
Camila ya había elegido el lugar que deseaba visitar. Su sueño era conocer el Norte del país: Jujuy, Salta, la pequeña Tucumán… Ahhhh, de sólo pensarlo se conmovía toda…
También decidió la compañía de transporte que le pareció más conveniente, en especial por el bajo costo, detalle más que importante dado el presupuesto bastante apretadito con el cual contaban; además el nombre de la empresa: “Nosotros en el camino” le había encantado desde el primer momento.
Ya provista de los datos pertinentes viajó hasta el colegio para encontrarse con los otros tres compañeros, que junto con ella formaban el grupo organizador de la tan esperaba excursión.
El Jefe de Ernesto le había comunicado que estaba primero en la lista para cubrir el servicio de la zona Norte, y que como era la época de finalización de clases, habían publicado y distribuido  panfletos con los itinerarios y precios, detallando la totalidad de  zonas que abarcaban sus excursiones. Al saberlo, preguntó si todas las unidades habían sido preparadas como correspondía, la respuesta corta y concisa -¡¡Todos nuestros vehículos están en perfectas condiciones!!- no le dio cabida a refutar tal detalle. Sabía, por conocimiento de causa, que la cruda verdad estaba muy lejana de lo expresado, razón por la cual decidió llegarse hasta los talleres de la compañía para revisar personalmente el ómnibus que se le había otorgado.
Una vez que Camila se reunió con los otros organizadores del viaje, que habían sido designados por votación unánime de sus compañeros, tomó la palabra:
-Esto es lo que hallé en internet, no hay mucho para elegir que se adapte a nuestro presupuesto. La tendencia actual es viajar en avión y nosotros estamos lejos de poder acceder a ello, de modo que tomé nota de tres empresas que se manejan con micros.
Y mientras decía esto entregaba fotocopias con la información recopilada a cada uno de sus compañeros. Había resaltado con color la que le parecía más apropiada.
Johana, por su parte, mencionó a dos compañías: “Rutas Argentinas” y “Se hace camino al andar”. La primera había sido recomendada por un primo que había contratado sus servicios y se mostraba satisfecho. La otra contaba con una larga trayectoria y estaba avalada por muchos colegios.
Ariel aportó el dato de una empresa que le dio su hermano, aunque éste se remontaba a varios años atrás, por lo que no fue tomado en cuenta.
Y Germán, como era de suponer, aconsejó utilizar los servicios de la compañía de  turismo que dirigía su tío. Deliberaron sobre la conveniencia de incluirla en el listado, puesto que su contratación podría prestarse a suspicacias. Tras un breve debate resolvieron dejarla afuera, de manera que la elección recaería sobre una de las empresas aportadas por Camila y Johana.
Después de evaluar las particularidades de cada una optaron por “Nosotros en el camino”, debido a una significativa diferencia en el precio de los pasajes.
Ernesto sabía, por comentarios de otros choferes, que la ruta hacia el norte argentino tenía sus bemoles, por aquello del apunamiento, ya que llegando a Catamarca el camino iba en ascenso. Y mostró preocupación ante la decisión de sus superiores de otorgarle ese recorrido. Debía verificar dos asuntos importantes: uno era el estado del micro que se le había asignado y el otro tenía que ver con su salud.
La empresa donde trabajaba no se caracterizaba por mandar a sus choferes a realizarse controles médicos, por lo que decidió ocuparse de ello por su cuenta. De paso consultaría si su úlcera constituía impedimento para ese tipo de viaje.
Tampoco le dedicaban demasiado tiempo a la revisión de los micros, algo que Ernesto pudo comprobar apenas echó un vistazo a la unidad que le tocaba conducir, motivo por el cual solicitó a un mecánico ajeno a la compañía que evaluara a fondo el vehículo, para poder ratificar o erradicar sus sospechas.
El mecánico particular revisó la unidad en profundidad, al finalizar frunció el ceño y luego preguntó:
-¿Hace mucho que no le hacen mantenimiento?
Ernesto sonrió con ironía y se limitó a decir:
- Por algo te llamé…
- No podés ir al norte con un micro en estas condiciones, a duras penas llegaría a Santa Fe. Exígeles que te lo pongan a punto, yo no puedo meter mano
- ¿Tan grave es? – preguntó Ernesto, alarmado
- Sólo con mirar el estado de las gomas te das cuenta… ¡Están lisas! Y ni hablar de los frenos, mejor no me explayo. Pedí que le hagan un service general. – concluyó el otro
Y dicho esto, el hombre se despidió. Ernesto le dio las gracias y decidió que hablaría cuanto antes con los directivos para hacerlos entrar en razón.
Transcurrió el tiempo y los chicos –ya cursando el quinto año-  no veían la hora de cumplir con su sueño, el de realizar su viaje de egresados.
Pese a que el costo del pasaje y la estadía estaban siendo abonados por sus padres en cuotas accesibles, ellos no deseaban perderse una sola excursión, y el paquete turístico incluía sólo dos, de modo que el resto corría por su cuenta.
Entonces resolvieron recaudar fondos por medio de la creación de rifas, también organizaron bailes y ferias del plato, contando con el permiso del colegio. Y todo ello les aportó una buena cantidad de dinero para llevar a cabo sus objetivos.
La compañía “Nosotros en el camino” le reconoció a Ernesto que el micro que le habían asignado se hallaba obsoleto y se lo cambiaron por otro. Pudieron haberlo despedido y así evitaban seguir soportando sus quejas, pero se trataba de un chofer responsable y no deseaban prescindir de sus servicios, al menos por el momento.
No obstante, la unidad que le entregaron en reemplazo de la otra y que se suponía ‘nueva’, ya tenía muchos kilómetros recorridos en su haber. Resultaba evidente que no eran partidarios de soluciones de fondo, todo lo arreglaban con ‘parches’.


Segunda parte

La semana anterior al viaje se habían reunido todos los participantes (cincuenta y dos), incluidos un representante de los profesores, un delegado de la Comisión de Padres y una enfermera del servicio de primeros auxilios del colegio.
El salón de actos bullía… todos hablaban al mismo tiempo, lo que dificultaba al Director su interés de establecer un poco de orden y permitirle así decir algunas palabras, antes del esperado viaje de Fin del Bachillerato.
Una vez que hubo silencio, y apurándose, pues no sabía cuánto tiempo duraría, expresó su deseo de que disfrutaran de la excursión y, además, les recordó que estaban representando al Colegio, por lo tanto solicitó encarecidamente que se desenvolvieran respetando las consabidas reglas de comportamiento.
Apenas escucharon la última frase –FELIZ VIAJE-, la batahola recomenzó y ya era imposible sofocarla…
El día previo al viaje programado al Norte, Ernesto estaba en la oficina del encargado, había ido a recibir la necesaria documentación pertinente, y para ultimar detalles. Durante la revisión comprobó que faltaba la ficha del examen final del micro, con la firma autorizada del Jefe del Taller. Sobre este punto llamó la atención a su superior y éste le respondió en forma bastante despectiva: - Siempre buscando las cuatro patas al gato, Ernesto, ¡TODO ESTÁ EN ORDEN!, déjate de poner hincapié en menudencias.- y antes de escuchar respuesta alguna, agregó: -  Ahhh, y si no quieres hacer este viaje, dilo ya, así tengo tiempo de buscar quien te reemplace…
Siendo las seis y media del Martes quince, media hora más tarde de lo planeado, los eufóricos estudiantes empezaron a subir al micro de la Compañía “Nosotros en el camino”; Camila y Johana, apostadas a ambos lados de la escalerilla para ascender, controlaban en la lista preparada, los nombres de los que subían.
Aquello parecía una fiesta, risas y gritos, un batifondo infernal; los padres abrazando a sus hijos, aprovechando de darles los últimos consejos y recomendaciones.
Hubo un pequeño altercado entre uno de los alumnos que quería, a toda costa, subir al micro con su mochila, y el chofer le repetía, una y otra vez, que el equipaje debía acomodarse en las bauleras situadas a ambos lados del vehículo, en la parte inferior, y que podían subir solamente con un pequeño bolsito de mano. Tuvo que intervenir García, de la Comisión de padres, para hacer entrar en razones al ofuscado jovencito, que ya había amenazado con renunciar a la excursión si no accedían a su pedido.
Después que se puso bien claro que no estaba obligado a viajar, y además, no por ello el viaje se suspendería, recapacitó, quizás no tanto por las explicaciones recibidas, sino por los gritos de varios de sus compañeros que lo acusaban de entorpecer la partida.
Con un retraso de una hora, según se había programado, Ernesto cerró las puertas y puso en marcha el micro. Afuera, en la estación, decenas de manos en alto despedían al contingente.
¡Estaban en camino!
El chofer observó la planilla, allí figuraba que debía llegar a San Salvador de Jujuy a las cinco de la tarde del día siguiente, contaba con un margen de apenas treinta minutos… y ya había perdido más de una hora entre una y otra cuestión.  Si no cumplía con el horario estipulado  le descontarían del sueldo el premio a la puntualidad. La empresa donde trabajaba era muy estricta a la hora de realizar descuentos en los salarios, no así en otros rubros. Y Ernesto tenía muchas bocas para alimentar.
Los chicos habían resuelto hospedarse primero en Purmamarca/Jujuy, recorrer sus maravillosos paisajes, entre ellos la Quebrada de Humahuaca y su Cerro de los Siete Colores, y además conocer el folklore de esa región del norte argentino. Llegado el cuarto día se trasladarían a Salta, donde visitarían sus lugares más emblemáticos, como por ejemplo el Tren a las Nubes y Cafayate. La duración total del tour, incluidos viajes de ida y vuelta más estadía, había sido establecida en diez días.
Camila y otros compañeros pretendían abarcar también la provincia de Tucumán, pero no les alcanzaba el tiempo y tampoco el presupuesto… el norte se hallaba muy lejos de Buenos Aires, su punto de partida.
Ernesto esperó el ingreso a la ruta para pasar a otra velocidad, sabía que llegando a la altura de Catamarca no podría hacerlo, dadas las condiciones del camino. Debía recuperar la hora perdida durante la salida y ése era el momento.
A medida que transcurría el tiempo el fervor de los chicos se iba apaciguando. La azafata ya les había repartido la vianda con la cena, era de noche y algunos reclinaron sus asientos para dormir. El profesor de Geografía, que viajaba en el primer asiento del micro junto a García de la Comisión de padres, se ponía de pie de vez en cuando para controlar que todo estuviera en orden. La enfermera se hallaba ubicada al fondo de todo, al lado de la camarera, y cuando esta última disponía de tiempo libre, se ponían a conversar.
Al tomar un poco de velocidad, Ernesto notó en el volante un cierto vibrar, en especial cuando giraba a la izquierda; al principio no le dio importancia, pero después de unos cuantos kilómetros decidió revisar el posible desperfecto; avisó a los encargados de la excursión que se desviaría un poco de la ruta asignada, para comprobar el estado de las ruedas del micro. Llegaron a una estación de servicio, muy cercana a la ciudad de Tucumán, la mayoría de los alumnos continuaban durmiendo y algunos levantaron sus cabezas… ¿qué pasa, por qué paramos?... ¿ya llegamos?... La camarera, acostumbrada a problemas durante el viaje, caminaba por el pasillo y calmaba a los preguntones… todo está bien, sigan durmiendo, nos paramos para cargar nafta, quédense tranquilos…
De acuerdo con su experiencia, Ernesto creyó conveniente cambiar la rueda delantera izquierda, que era la problemática; calculó que ello demandaría unas dos horas, pues deberían esperar la llegada del gomero, a quien habían llamado para efectuar el trabajo.
Para entonces más de la mitad de los jóvenes pasajeros estaban despiertos, y el silencio nocturno se retiró para dejar lugar a un inesperado amanecer, que se presentaba lleno de sorpresas.
La estación de servicio contaba con un pequeño autoservicio y algunos aprovecharon la pausa obligada para descender del micro. Los chicos compraron snacks, golosinas y gaseosas, mientras que García obtenía un café cortado de la máquina expendedora. El profesor de Geografía permaneció en el micro para controlar a los que continuaban en él, en especial a Bermúdez, que había sido el que protagonizó el altercado con el conductor, y quien se mostraba molesto por la demora.
Transcurrieron más de dos horas hasta que el vehículo estuvo en condiciones de reiniciar la marcha. Ernesto cedió su lugar a Abel, el chofer de relevo, y se dispuso a descansar para recuperar energías.
El sol se insinuaba con timidez en el horizonte, una densa capa de nubes amenazaba con desplazarlo de un momento a otro. Mientras más avanzaban hacia el norte, el cielo se volvía más gris y desafiante. El viento traía un inconfundible aroma a lluvia… y ésta no demoró en llegar con toda su fuerza.
Abel quiso poner en funcionamiento el limpiaparabrisas, pero éste no respondió y el vidrio frontal del micro pronto se vio tapado por una cortina de agua, que impedía por completo la visión exterior. De inmediato dio aviso del problema a su compañero, quien se incorporó enseguida y le aconsejó desviarse hacia la banquina.
Los ocupantes de los primeros asientos manifestaron su inquietud ante lo que estaban presenciando y la azafata les solicitó mantener la calma, como si eso fuera posible.
La calzada se hallaba resbaladiza y, pese a que Abel había comenzado a disminuir la velocidad con intención de detenerse, no pudo evitar el impacto. Un animal de gran porte se apareció de repente y nada pudieron hacer, ya lo tenían encima.


Tercera parte

La colisión fue impresionante… todos los pasajeros recibieron un cimbronazo que a más de uno lo sacó de su asiento. Abel incrustó su cabeza en el parabrisas…Ernesto, que estaba parado en el pasillo, fue arrojado sobre la ventana de la puerta derecha del micro…Graciela, la azafata, cayó de bruces y resbaló hacia la parte delantera del vehículo…los gritos, llantos y quejas de dolor se convirtieron en instantes en un concierto ensordecedor…García tomó las riendas del asunto, con rapidez logró abrir la puerta trasera y ordenó descender y esperar afuera a quienes pudieran hacerlo.
En medio de los golpeados y algunos heridos, apareció el valentón Bermúdez, que empezó a ayudar a sus compañeros, guiándolos hasta la salida.
A todo esto, Ernesto consiguió levantarse, un hilito de sangre corría desde su ojo izquierdo, sin titubear  fue a socorrer a su compañero. Abel estaba inconsciente, el golpe había sido muy fuerte, tenía toda la cara bañada en sangre…trató de sacarlo de aquella posición, pero se percató de que un trozo grueso de vidrio le estaba aprisionando un hombro… era urgente alejarlo de tal situación, de modo que miró a su alrededor buscando algo para hacer palanca y así socorrerlo. El Profesor de Geografía apareció con un hierro, resto de un asiento, y trató de desenganchar al chofer, después del segundo intento, lo logró… juntos levantaron a Abel y lo recostaron sobre dos asientos que estaban cerca. Instantes después la azafata, ya bastante recuperada, aunque todo su cuerpo daba señales de los golpes recibidos, se acercó provista de una caja de primeros auxilios, y con una demostrada maestría se dedicó a la atención del mal herido chofer.
Camila gritaba pidiendo ayuda. Su amiga Johana se encontraba dormida y con el asiento reclinado en el momento de la colisión, por ello no tuvo oportunidad de responder con un movimiento de su cuerpo, que atenuara el efecto del impacto. Su cabeza se sacudió con tal vigor, que terminó golpeando contra el vidrio de la ventanilla contigua y provocando su rotura. Un pedazo del mismo se introdujo en su cuello, del cual comenzó a manar gran cantidad de sangre, comprometiendo su vida. La chica quedó inconsciente, a raíz del golpe y la pérdida de sangre, y de inmediato fue socorrida por Estela, la enfermera provista por el colegio, quien por fortuna se hallaba ilesa, gracias a que viajaba en la parte trasera del micro.
De todos los heridos, que sumaban veintisiete, Johana y Abel eran los que revestían mayor gravedad y debían ser conducidos lo antes posible a un centro de atención.
García se comunicó con el servicio de emergencias para solicitar varias ambulancias, las que se demoraron más de lo debido a causa de la lluvia, cuya intensidad había mermado, pero no dejaba de ser un problema en casos como éste.
Transcurridos diez minutos se oyeron las sirenas, la prioridad en el traslado la tenían Johana y el chofer, ambos con aparente traumatismo de cráneo.
García y Ernesto cargaron a Abel, mientras que el profesor de Geografía y la enfermera  se ocuparon de llevar a la chica con sumo cuidado.
Camila había entrado en una crisis de nervios y debió ser calmada por Graciela, la azafata, quien la contuvo hasta que un paramédico se hizo cargo de su atención.
Los que habían salido por la puerta trasera del micro observaban cómo se mezclaba el agua caída sobre la calzada con la sangre del vacuno muerto a causa del choque. Mientras algunos chicos se compadecieron del animal, otros lanzaban exabruptos dirigidos a éste, echándole la culpa por lo acontecido.
En todo caso, la pobre vaca había estado en el lugar equivocado en el momento inoportuno, como se suele decir a veces…
Las dos primeras ambulancias que partieron rumbo al hospital de Tucumán fueron las que transportaban a Johana y Abel, se acoplaron como acompañantes Camila y Ernesto en cada una.
Lentamente fueron llegando otras ambulancias para socorrer a los demás heridos; un grupo de enfermeras y paramédicos iban determinando la urgencia de cada caso; una decena de policías mantenían el orden en lo que a primera vista pareciera una batalla campal.
Al cabo de unas dos horas, todos los heridos habían sido evacuados rumbo a la capital y diseminados en varios centros médicos para su atención.
Después de dejar a su compañero en manos expertas, Ernesto entabló comunicación con la compañía de transporte para informar del trágico accidente y requerir ayuda para afrontar el lamentable suceso.
A todo esto, la dirección del Hospital Central se había puesto en contacto con la Dirección del Colegio, al cual pertenecía la delegación de alumnos, tanto García como Hernández (el profesor de Geografía) estuvieron presentes y participaron de las notificaciones pertinentes.
Lo que comenzó como un sueño se convirtió, de improviso, en un sangriento episodio que nadie hubiera imaginado que podría ocurrir.
La demora en la partida, el cambio del neumático en mal estado, la tormenta, el limpiaparabrisas averiado y, por último, la vaca que se cruzó en el camino fueron episodios concluyentes, que se fueron encadenando para converger en el siniestro.
Haciendo un análisis de lo ocurrido, la responsabilidad inicial correspondería al alumno Bermúdez, sin cuya intervención que retrasó la salida habrían podido adelantarse a la llegada de la lluvia, poniendo distancia con el lugar en donde tuvo lugar.
De igual modo, si la empresa hubiera provisto ruedas en buenas condiciones, tampoco habría sido necesario detenerse a cambiar una de ellas, hecho que acentuó aún más la demora  y los enfrentó a la tormenta.
Y si no hubiera llovido… y si el limpiaparabrisas hubiera funcionado… y si ese animal no se hubiera cruzado…
Pese a todas las conjeturas, no cabe duda de que el principal responsable del accidente fue la empresa de transporte, cuya negligencia quedó de manifiesto desde mucho antes de poner en marcha el vehículo.
Muchas familias están a merced de sujetos inescrupulosos, que abaratan costos en el mantenimiento de sus unidades y las ponen en ruta sin el debido control, familias cuyos hijos abordan micros con la ilusión pintada en sus rostros y que no siempre regresan con vida.

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Autores
Laura Camus (Argentina)
Beto Brom (Israel)

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*Registrado/Safecreative N°1708133282315
*Imágenes de la Web
*Música de fondo: THOMAS NEWMAN/Next Place/by Joe Black




El pasado vuelve







Se levantó más temprano que de costumbre, no obstante le agrada gozar el calorcito de las suaves frazadas y dejar libre su pensamiento en esos momentos de modorra o mejor dicho de "mimosearse a sí misma"; algo la casi obligó a salir de la cama, calzó sus preciosas pantuflas, regalo de su mami, en el último cumpleaños, ese que no se alegró mucho de festejarlo, pues le anunciaba que había cambiado de decena, y quisiera o no, ya estaba en la tercera.
Sí, un ruido raro... pareciera venir del salón...al salir de la habitación, el ruido cesó, encendió la lámpara del pasillo y lentamente fue al salón, y allí se encontró con un enmascarado que trataba de escapar por el ventanal que daba al jardín...el susto junto a la sorpresa de ambos, los dejaron quietos, sin saber lo que hacer...
-No se asuste, no robé nada, ya me voy...

-¿Quién eres...que haces en mi casa?... ¿Si no viniste a robar para que estás aquí?- mientras hablaba los dientes le tiritaban del miedo.

El sorprendido intruso, al ser descubierto, trató de huir, pero dio un mal paso y cayó al enredarse con el grueso cortinado.

Betty, aprovechó el desliz...corrió hasta su celular para solicitar ayuda...

-No señorita, no llame a la policía, ¡¡POR FAVOR!! No robé nada, repito, no hice ningún daño, perdóneme- mientras expresaba esas palabras, trató de incorporarse, pero no lo logró pues la dueña de casa le arrojó el florero que estaba sobre la mesa, y con tan buena puntería que cayó justito sobre su cabeza, y en dicho momento, perdió el conocimiento.

Betty asustada miró como brotaba un hilito incesante de sangre de la cabeza del intruso, atemorizada no acertaba a pensar claramente tenía nervios, miedo, y una sensación de escalofrió recorrió su cuerpo, olvido la llamada por teléfono, que minutos antes intentaba hacer, y rápidamente corrió a su clóset donde solía guardar algunos medicamentos y enseres para primeros auxilios, tomó agua oxigenada, vendas, jabón, alcohol, y tela adhesiva...cogió con miedo la cabeza del intruso y observó sus facciones bellas, casi infantiles de aquel mozalbete... algo de sus recuerdos juveniles se movió, en su mente aparecieron ante sus ojos sus padres rígidos, severos e irracionales.¿ por qué no le había permitido hacer las cosas bien con su novio Arturo?

Ese joven que antes miedo le había dado... se parecía mucho a un novio antiguo...y además...de repente el joven se empezó a incorporar e intento levantarse...y enfadada le dijo: ¿Oye quién eres? y el chico dijo asustado…-¿Dónde estoy?- al tiempo que se frotaba la cabeza...

Betty se asombró de la reacción del joven ladrón; pensó sobre la posibilidad de que el golpe recibido por el jarrón haya ocasionado la pérdida de la memoria, pero estos pensamientos poco duraron y quiso convencerse de que todo era producto de un ardid del asaltante para evitar posibles y nada agradables consecuencias si es que ella decidiera llamar a la policía, para que aclare el asunto.

-Escúchame, ladronzuelo barato, termina de una vez con este teatro, no creo tu escena de la perdida de la memoria, pues entonces, me dices quien eres, y porqué asaltaste mi domicilio, rápido o en su defecto llamaré a la policía, y ellos ya sabrán cómo tratarte, no pretenderás que pierda más tiempo contigo, ¡¡mequetrefe!!

-No le miento, ¡por favor créame!...no recuerdo nada, no sé quién soy, ¿Qué tengo que hacer para que me crea?

Nuevamente Betty sintió un vértigo en el estómago, aquel chico de escasos diez y seis años se parecía a...no, no puede ser…
Sentía algo por aquel joven, aún no entendía por qué le resultaba tan familiar. Su tez blanca, y su pelo...le recordaba al de Arturo, aquel muchacho que un día finalmente se acercó a ella y tímidamente deposito un beso en sus mejilla.

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Era un mañana fresca, clara y calurosas del mes de abril cuando al encaminarse a la escuela, Arturo la abordó, y sin más le estampó un beso dulce en sus mejillas.
Ella se ruborizó y a partir de aquel momento, siempre salían juntos.

Hasta que un día sintieron el amor inmenso al unirse los dos, pero él era solo un estudiante y ella, una chica de familia muy estricta. Muy pronto se dieron cuenta que, ella estaba perdiendo su delgada figura y temerosa de enfrentar a su familia, mintió argumentando que debía ir a otro pueblo a terminar sus estudios...allá nuevamente se encontró con Arturo, y un día esplendoroso tuvieron un hermoso niño; pero sus padres llegaron un día a la escuela donde dijo ella que estudiaba, y descubrieron que nunca había entrado a clases, investigaron y sus sueños felices se vinieron abajo... Ella regresó a casa y para evitar comentarios mordaces, dieron en adopción a su hijo. Betty procuraba investigar a donde se había ido su hijo, pero nunca lo supo, y Arturo también desapareció de su vida... sus padres se habían marchado con otra hermana y ella en su soledad los recuerdos le mordían al alma ahora este joven de tez blanca y joven se parecía a...su antiguo novio.
La voz del joven la volvió en sí:

-¿Señorita le sucede algo? ¿La puedo ayudar?

Betty lo miró con lágrimas en los ojos y tiernamente lo abrazó y tomándolo de la barbilla le dijo:

-Estoy mejor que nunca… ¡ven vamos a curarte!, ¡te llevaré al hospital!

Así decía al tiempo que una sonrisa aparecía en su cara y en sus ojos una chispa de alegría radiante de volver a empezar...


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Autores

Celeste Hernandez Hernandez (México)

Beto Brom (Israel)




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*Registrado/Safecreative N° 1703010866718

*Imagen de la Web c/texto anexado



miércoles, 28 de junio de 2017

Una casa y una elegida






Era tanto el anhelo de Victoria de tener una casa en el campo, alejada del mundanal ruido de la gran ciudad, que no titubeó al brindársele una ganga de una familia que se iba a otro país.

Así que ahora era propietaria de su sueño, bella, acogedora, espaciosa, cómoda, decorada con gusto, ambiente tranquilo y armónico, oyendo el trinar de las aves, el canto de los grillos, el croar de las ranas y sapos desde el aljibe cercano. ¿Qué más podía desear?

Ni corta ni perezosa, se mudó rápidamente con su niño Joaquín de seis añitos. Ella era madre soltera y le prodigaba el doble de amor, cariño, atención y ternura.

El infante estaba sorprendido y feliz. Se la pasaba jugando y curioseando la casa y el ambiente cercano. Ella lo miraba sonriente desde los grandes ventanales laterales, mientras escribía sus poemas y una novela la cual la ocupaba ya dieciséis meses y que titularía: “El derecho de ser feliz”



Después de un mes en que ya marchaba satisfactoriamente el proceso de adaptación, empezó a ver desde el rincón del estudio, una luz azul que se encendía y apagaba como un semáforo, en forma intermitente, llamando su atención y cierta curiosidad, despertando un pequeño temor al ocurrir todos los atardeceres cuando se opacaba la luz del sol y se empezaba a filtrar la oscuridad.

Recordó los cuentos de su abuela, sobre tesoros enterrados y selección de ciertas personas para que lo encontrasen.

Dejó de prestarle atención, concentrándose en otras actividades, pero resultaba difícil porque la luz se movía en zigzag y parecía llamarla…

Un atardecer decidió investigar el origen de aquel resplandor que ya se había convertido en una incógnita más que una molestia.

Salió de la casa, dio unos cuantos pasos en dirección hacia aquella luz…la obscuridad dijo presente…se animó a dar otros pasos… la intermitencia de aquella luz reapareció, aquí ya desapareció su duda, algo o alguien estaba jugando con sus nervios, arrojó al aire un ¿Quién anda por allí? …su grito llenó el terreno, el silencio de la luz inquieta y titilante, fue la única respuesta que logró recibir.

Un escalofrío recorrió su cuerpo, estaba indecisa… ¿seguir o no?, su curiosidad se enfrentó a su miedo…y escuchó la voz de su hijo, que paradito en la puerta de la casa la reclamaba… ¿Mami, dónde estás?

Al día siguiente, después de desayunar, tomó una urgente decisión, viajaría hasta el pueblo para comentar con el comisario sobre la extraña luz que perturbaba la tranquilidad de su hogar.

Al día siguiente, después de desayunar, tomó una urgente decisión, viajaría hasta el pueblo para comentar con el Jefe de Policía sobre la extraña luz que perturbaba la tranquilidad de su hogar.

En el trayecto hacia la ciudad pensaba en que la mayor concentración de la luz azul que veía, estaba en el rincón del estudio y que se diseminaba hacia el recorrido que hizo persiguiéndola para constatar que se regresaban los haces de la misma, girando en círculos y concentrándose en el mismo.



Al llegar, a la Estación de Policía, narró al inspector de turno, lo que le ocurría. Él se mostró sumamente interesado y le dijo que allí vivió un señor que era muy rico y que comentaban que había dejado dinero enterrado.

Así que el inspector buscó un equipo que detecta metales y regresaron a la casa. Al llegar, inmediatamente fueron al sitio indicado, pasó el aparato en movimientos circulares y no funcionó. Quedaron de acuerdo que lo harían de noche. Cuando volvió el Inspector a punta de siete de la noche, el no veía la luz, Se retiró desanimado, pero se le olvidó su herramienta.



Al rato, tocaron la puerta y oh sorpresa… era el tío Ramón que venía a visitarla y a pasarse unos días. Después de acomodarlo y cenar, le contó lo que pasaba. Él le dijo que seguro era un fantasma que le quería decir o mostrar algo. Muy posible era dinero, tal vez morocotas que tenían mucho valor en su tiempo porque eran monedas de oro. Despertó tanto su curiosidad que se prestó a colaborar.



Llegó nuevamente la luz azul que él no veía, lógicamente, porque la aparición era para ella, la seleccionada, y entonces decidió ignorar aquellos fantasiosos espejismos, que no resultaban completamente extraños, pues en más de una oportunidad, mientras estaba abocada en sus escrituras, se posesionaba en demasía, al punto tal que creía ver fantasmagóricas apariciones, como la actual.



No obstante sugirió a su tío, dejar de lado todo el asunto, éste, dueño de su acostumbrado deseo de resolver todo problema que encontraba a su paso, insistió en llegarse hasta el lugar de la supuesta luz, pues estaba convencido que era un señal, y por lo tanto, no era lógico olvidarse de tal anuncio, como lo consideraba. Y provisto de una buena pala, que siempre llevaba en su vehículo, dijo…

–Quédate tranquila, sobrinita, voy para allí y ya verás que lograré develar el secreto-



Pasa una escasa hora y vuelve a la casa don Ramón, con cara de cansado. Se sienta y con pausadas palabras explica…

-Mientras cavaba, creo haber escuchado una voz, por supuesto no vi a nadie, pero interpreté con suma facilidad lo que me decía…**Victoria es la que debe llegarse hasta aquí, pues para ella es el mensaje, el tesoro aquí enterrado, sólo ella tiene el privilegio de recibirlo, entonces ya podré descansar en paz verdadera**



La más que asombrada dueña de casa, no podía dar crédito a lo que escuchaba…

pero la curiosidad tiene cara de gato.

Aunque con cierto temor, se puso de acuerdo con su tío Ramón y decidieron después que se durmió su niño, ir a ver desde el comienzo de la luz detrás de la arboleda del patio.

Haciendo caso de que ella debía hoyar, lo hizo.

Al rato de su insistencia y de palear tierra, sonó algo metálico, era un cofre plateado.

El tío le hizo seña que lo abriera ella misma. Dentro había un mapa. Al revisarlo y estudiarlo, se dieron cuenta que el verdadero tesoro estaba en el rincón del estudio, donde la luz se visualizaba con mayor esplendor y energía.



Así que se fueron corriendo a la sala y se dedicaron a revisar minuciosamente cada rincón…en busca de un indicio, de alguna señal escondida…hasta que uno de los dibujos del panel de madera que cubría todas las paredes del recinto, les llamó la atención en demasía, como si por equivocación fue colocado al revés; palparon, dieron unos suaves golpecitos…nada ocurrió…hasta que se percataron de un casi insignificante circulo de color negro, que ahora les resultó completamente llamativo entre el contorno. El tío Ramón, provisto de un cuchillo de punta, traído de la cocina, apretó sobre tal punto, que ante la sorpresa de ambos, cedió…un pequeña puertita se abrió ante sus ojos, un protegido hueco guardaba en su interior un bolsa de tela gruesa, al extraerla del escondite, percataron con suma claridad, el tintineo típico de monedas…colocaron el hallazgo sobre la mesa…decenas de monedas, aparentemente de oro alumbraron sus ojos, una trozo de papel las acompañaba, un preciosa caligrafía anunciaba…



///Cada moneda representa un año de mi paso por este mundo, afortunado el acreedor de ellas ///



Sin dudarlo, las contaron, ochenta y ocho. ¿Tendría eso algún significado? Bueno, ante la tremenda sorpresa y emoción no pensaron más en eso.

Ahora haría reparos necesarios a su recién adquirida casa, editaría algunos de sus libros, le daría algo a su tío Ramón... en realidad, pronto sabría el monto real en dinero del tesoro encontrado.

Como por arte de magia, o superstición quizás, al observar por la ventana, por más que trataron de apreciar la luz una y otra vez, ésta había desaparecido para siempre.




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Autores
Trina Mercedes Leé Montilla de Hidalgo (Venezuela)
Beto Brom (Israel)

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*Registrado/Safecreative N°1704181816502
*Imagen de la Web
*Música de fondo: G.F. HANDEL/Concerto Groso Op.6




Un viaje sin retorno






Presurosa era su caminata, Alberto miraba hacia ambos lados intentando cruzar la carretera, había desesperación en su rostro, una llamada temprano había recibido cuando apenas se levantaba... un rictus de angustia invadía su ser, sin rasurar, despeinado, pasaba varias veces la mano  por su cabeza.
La inesperada noticia marcaría, con seguridad un antes y un después. Nada seguiría igual.
Era el momento de tomar decisiones, y a la brevedad posible. Cualquier tipo de demora podría convertir la realidad en un tormento, y no se lo perdonaría jamás.
Lo que para todos era una simple carretera, como hay miles, para él significaba traspasar a otra dimensión, a otro mundo, algo desconocido… pero no obstante anhelado.

El viejo ermitaño, descansaba en su cubil, el tiempo no era su problema, pero su mente completa de pensamientos, no le permitía conciliar el sueño. Calculó que era el día pactado, no tenía dudas al respecto. Él, su compinche de aventuras, ya debería haber llegado. Una sensación de duda invadió su cuerpo…

Alberto había olvidado el camino, recordaba vagamente un sendero rocoso, cuesta arriba, aunque debía cruzar una parte selvática antes de emprender el ascenso… Su desesperación era tal que se movía nervioso, tenía apenas dos horas para llegar a la cita. ¿Y si no lo encontraba? ¿Y si su madre se había equivocado? ¿Si su llegada era demasiado tarde?
El corazón le dio un vuelco de esperanza al ver que sobre la carretera se acercaba una vieja carreta…

    -Buenos días Alberto.
   -Buenos días Don Luis.
   -¿A dónde vas con esa cara?
   -¿Podría llevarme por favor hasta la curva a la selva?-dijo Alberto angustiado.
   -Debo darles de comer a los animales, además están cansados.
  -¡Por favor! es urgente, debo ver al curandero de la montaña, algo malo va a suceder…
  -Ummm, bueno- deja bajo el rastrojo- a ver si los muchachos vienen y lo recogen, arriba pues…
El clop clop de la carreta rompía el silencio del camino…

Lo que imaginó que sería un corto camino, resultó una hora larga en ese precario carromato que los años no habían logrado vencer. Inclusive sacó la cuenta que de haber hecho el tramo a pie no le hubiera resultado más tiempo.

   -Aquí me bajo, Don Luis, mucho agradezco su servicial gesto, que tenga un buen día…
   -No es nada, muchacho, ojalá llegues a tiempo, y dale mis saludos a tu querida madre.

Y emprendió el ascenso…el sendero le pareció el acertado, apretó el paso y a los pocos minutos ya estaba adentrándose en una maraña de piedras y matorrales, que bastante dificultaban la marcha.

A medida que el tiempo corría, y el visitante brillaba por su ausencia, el anciano terapeuta, amante y sabedor de que el tiempo y la paciencia son los mejores compañeros del hombre, salió a la intemperie, ubicó su escuálido cuerpo a la sombra del legendario árbol que conocía sus rezos y plegarias, y esperó…

Allá a lo lejos venía Alberto, sin más carga que una chamarra que llevaba en la espalda amarrada al cuello, sudoroso, agitado y cansado llegó a los pies del anciano.

   -Sábete muchacho- le dijo apenas llegaba a la cima- Desde aquí se puede apreciar el peligro que se avecina. Mira allá a lo lejos, la civilización se acerca a pasos agigantados, rompen el silencio, me queda poca vida, no tengo a quien dejar mis años de investigación...los hongos tienes propiedades fantásticas.

Dichas palabras, en boca de aquel maestro, pues así lo consideraba, fueron con un aviso de atención, para el asombrado Alberto. Miró hacia donde señalaba su guía espiritual, y comprobó que como bien lo expresó, una gruesa e indefinida muchedumbre comenzaba a expandirse a lo largo y ancho del cercano horizonte.

   -Te considero mi brújula, indícame mi norte…mis oídos prontos para recibir tus sabias premoniciones, las escucho…
   -¡Ven te mostraré unos objetos que guardo desde hace tiempo! Los tengo acá.

Caminaron cuesta abajo, un tramo corto por una angosta vereda,… llegaron hasta una piedra enorme y detrás, en un recoveco pequeño estaba la entrada a un covacha que hacía las veces de hogar. Una mesa pequeña, dos mantas, una piel de cordero, era lo único que contenía el ermitaño sabio. 
En una grotesca repisa cavada sobre la misma roca había unos trozos pequeños de roca brillantes… y en unos frascos cristalinos cierto polvo a semejanza de café grisáceo. 

   -Esto es lo que te quiero dar, es mi tesoro y vale una fortuna, mira… - le dijo al tiempo que le extendía un frasco con polvo. 

La cueva estaba magníficamente iluminada con ojuelos que permitían la entrada de luz del exterior. 

   -¿Qué es esto? ¿Por qué vale tanto éste polvo? ¡No entiendo! …¡Parece tierra! 
   -No te dejes engañar por las apariencias- musitó el sabio. 
   -Éste polvo lo he recopilado durante varios años, ¡son esporas!, ¡sí! ¡Esporas de los hongos!, los únicos hongos que pueden curar a los indígenas, los hombres blancos les han traído muerte, son portadores de virus que causan enfermedades a los que ellos, no son inmunes.  
Mi tiempo se termina, poco puedo hacer por ellos, estos hongos únicamente crecen en temporada fría y húmeda, aquí no crecerán… necesitas subir a la montaña del macizo de Urucum, y esperar dos meses a que broten, los colectarás y traerás para hacer medicamento… ¿crees poder lograrlo?- preguntó el anciano pensativo. 
   -Lo intentaré, aunque no tengo ropa adecuada ni equipo para escalar. Pero ¿y las rocas brillantes de que son?
   -Veo que te han llamado la atención, así también se las ha llamado a los hombres avariciosos de riqueza y poder, ¡míralas! ¡Es Manganeso! 
Ellos vendrán y destrozarán todo, nuestros indígenas su cultura y nuestro suelo… 

Alberto guardó los elementos recibidos en una especie de bolsillo que su madre había cocido en la parte interior de su abrigo, agradeció al maestro las indicaciones y las ropas propicias para emprender el camino. Sin perder más tiempo, partió acompañado de un orgullo que desbordaba de su cuerpo, debía esforzarse al máximo para lograr cumplir la consigna; comprendió que tenía en su poder todo lo necesario para rescatar a todos aquellos que el destino hoy ponía el futuro en sus manos.

Camino hasta la cima del Urucum alimentándose únicamente de hierbas silvestres, raíces y pescado seco.  Regó parte del polvo cerca del tronco de los hayales, encinos, robles, alcornoques y madroños.
No sabía dónde pudieran darse las condiciones para el nacimiento de los hongos…así que decidió acomodarse cerca de una encina y bajo su sombra hizo su hogar.

Un día escuchó voces raras y observó a mucha gente extranjera que cavaba la tierra, ¡lo que temía!
La montaña ya estaba siendo destrozada por aquellos inconscientes.
El rio Tinto llevaba residuos y materia que mataba a las especies.
¡Había llegado tarde y la naturaleza lo resentía!

Mientras tanto el anciano esperaba y miraba al cielo suplicando un milagro… de pronto un águila dejo caer la chamarra de Alberto cerca de él.
Tomo su bastón y con su cansado cuerpo camino a la cima del Urucum, y encontró a Alberto muerto... ¿por qué no le había hablado de los riesgos al olerlo?
Alberto había inhalado el hedor de los hongos.

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Autores
Lidia Trinidad Sánchez Gutiérrez (México)
Beto Brom (Israel)

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*Registrado Safecreative N°1703211196195
*Imagen de la Web c/texto anexado
*Música de fondo: Liver Better Media